TUMBABUEYES

De vuelta a una parroquia clandestina…

—Vais a probar estas empanadillas picantes que me ha preparado una amiga, dan para todos —nos dijo el suizo al cruzar la puerta.

—Honor que nos haces —me salió del estómago.

—No te creas, es por si nos envenenamos. Las cagaleras, mejor colectivas —tenía que ser de Cuenca, su compadre.

Procedimos.

—Esto no pica, da alegría.

El tabernero lo dijo con media sonrisa, de esas que no sabes si se alegra o se queda amoinado por ahorrarse seis pinchos, human crafted al instante, de los suyos.

Tomás, sentado en medio de la escena, con su periódico.

Como un tiesto.
Como el tiestas, mi padre.

—A mí este picante a la mexicana no me va, soy más de nariz —a coro, Parsimonia y Albert, el suizo.

Tomás dejó el periódico.

—¿Sabéis por qué hay un picante para cada latitud? —dijo.

Nadie respondió.

Eso nunca lo frena.

—Cuando yo viví en Bohemia lo entendí.
Vendía los mejores y más caros langostinos del mundo.

Pausa de las de relamerse.

—De Venezuela, claro.
A los Estados Unidos de Norteamérica, señores.

Al compás, varios se quitaron de la escena.
Entre el instinto y la experiencia.

Y yo, atrapado en su mirada, otra vez.

—Doble cero, eran.

—¿Cómo el hachís? —recordé a la Forqué.

—¡Evidentemente, amigo!

Y puso en marcha el monorraíl.

—Debes saber que a los norteamericanos les dan asco las cabezas de los langostinos, pero el doble cero… ¡a precio de oro!

—Y de oro me hice —añadió—. Porque en las pruebas de CO₂ mis langostinos eran los mejores del mundo.

—¿CO₂ y langostinos?

—Claro. Sirve para determinar la pureza.
A menos CO₂, menos químicos han adulterado el langostino.

—Pero… —dijo el de Cuenca, riéndose—.
¿Esto no iba de las latitudes del picante?

Risas de barra.

No se inmutó, Tomás.

—Yo creo que estas cosas se las inventa para ver si entramos al trapo —añadió Parsimonia.

Más risas.

Tomás no iba a parar,
y yo me precipitaba al abismo.

Habíamos olido sangre.

—¿Sabes que el CO₂ es el canario en la mina para inferir la presencia de virus por aerosoles? —dije, ya engorilado.

—Pues eso —continuó—. Si el langostino tiene CO₂ es que lo han tocado. Es un procedimiento muy conocido…

Las risas siguieron.

A fe que no las escuché.

Tomás con los americanos.
Las cabezas.
El dinero que hizo.
El embajador de Bohemia en Venezuela.

Y yo honrando a mi padre...

—No, verás… lo interesante es que el CO₂ indica la edad del aire…

El tabernero apoyó los codos en la barra y nos miró un momento.

—Un pulpo y un buey se enredan en un bar.

La barra estalló.

Tomás, con media sonrisa.

Y yo con la gripe del mono que un día vendrá y…

Salimos del bar un rato después.

Parsimonia caminaba a mi lado, risueña.

—Cuando me casé con un pulpo pensé que llegaría el sexo tántrico —dijo—.
Pero te dejas la energía intentando ordenar la vida que pasa.

No respondí.

—Es lo mismo que haces con tu padre —añadió—.
Intentas tumbar al buey mayor.

—Calla, calla —dije.

—¿En qué está esa cabecita?

—Es que eso del doble cero…

—¿Del langostino? —suspiró.

—Ay, tumbabueyes del alma mía…