SUSPIROS DE ESPAÑA
Cuando llegué ya estaban jugando.
—¿Voxero y taurino o indepe y del Barça? ¡Elige! —acorralaba a mi mujer el killer inmobiliario de Trujillo.
—Que no sufra por la política y le gusten los Kinks —se quiso evadir, atlética—.
Lo de Vox y el patriotismo no lo quiero ni pensar.
—¿Los Kinks? ¿Entiendes que el juego no admite cambiar de tema? Estos dos no saben ni quién son, Parsimonia —a modo de saludo evitado y calculada torpeza social.
Me senté.
—¡A la mierda! —risotada de veterana—. Si no son conscientes de los Kinks no pueden jugar —sentenció Lola.
Éramos cinco
y una dominicana-za que nos remiraba entre mesas.
—A ver —dijo el conquistador de Trujillo, mirando a su media naranja paraguaya—.
¿Tú conoces a esos Quinquis?
—No sé ni cómo se escribe eso, Titi —más diplomática que incómoda—, pero si habláramos de mi hijo, preferiría lo de los Kins y que creyera en Dios.
—Se ve que este es un juego para hombres, macho. Lo que sea menos responderte —subí el nivel—. Voxero como tú y taurino como mi padre —obligado a elegir y sonriendo a la camarera.
—¡Mamahuevo! ¿Taurino a estas alturas? —primera para risa general.
—¿Qué te sirvo, Malapraxis? —creyendo saberme ya.
—Tercio, ronda para estos y una respuesta —dije—. Cuando tu Donna sea turgente adolescente… ¿qué preferirías: novio voxero y taurino o… independentista y del Barça?
Prendí un cigarro.
El mechero quedó en el centro de la mesa.
—¿Por qué novio y no novia? —se oyó.
—Vas a tener razón, no saben jugar a Peter Griffin —from Trujillo.
—Mi Donna andará con uno del Betis, como yo —confirmó dominicana-za.
Parsimonia decidió apretar.
—A ver, par de señoros: ¿qué preferiríais mañana mismo, una fístula en el mismísimo o ser pareja? —mirando al mechero.
La mesa se expandió.
—Tú sí que sabes jugar —dijo Lola.
Mientras nos mirábamos, se fue a por él.
—Atea y marxista como soy, me dirijo ahora a tu mujer: ¿aquí mi amigo te ha pedido perdón por la conquista de América? —deslizándole el mechero.
Silencio breve.
Se mordió el labio.
—Doy un taconazo al suelo y se pone dócil.
Trujillo levantó las manos.
—Confirmo.
Segunda risa.
—Trabajo como una negra que soy —llegaba con las bebidas—, y encima os tengo que escuchar.
Se miró los brazos, teatral.
—Menos mal que estoy como un queso.
La gran risa.
Pausa para beber
y hacer circular el mechero.
—¿De dónde lo has sacado, imbécilo mío? —mi amada girándolo con dos dedos para los ojos de Quesito y la Tacones, que miró al cielo de Nueva España —la de Madrid— como si nos cobijara una oficina para la digestión de los pecados leves.
—Eres un provocador.
—No tengo ni idea de lo que pone —dije—. Me lo acaba de dar el portero.
Quesito lo remiró, como quien ha visto cosas peores en la taberna.
Y lo puso en el centro de la mesa.
Era sexual.
Era borrico.
Era infantil.
Seguimos hablando.
De imperios.
Historia.
De cómo cada cual recuerda el pasado.
—La curva de bañera aplica a todo —dijo Trujillo, inesperadamente técnico—.
Crecimiento, consolidación, decadencia hasta el gran calambre final.
—Pasa en todas las empresas —añadió.
—Y en las ideologías —Lola.
—Y las sobremesas —Tacones.
Nos reímos una vez más.
Recordé otra mesa, el mismo cielo y un chiste nacionalista de los que rompen una sobremesa.
—¿Os imagináis que cambiáramos el himno por Suspiros de España?
Silencio amable.
—¿Con letra? —preguntó Lola.
—Por Dios, no.
Suspiramos la melodía.
—Yo, si alguien propone eso, voto por su caverna —directamente, Lola.
Risa final.
Impura, perfecta.
Volveríamos a quedar.
—¿Me regalas el mechero?
Adivina quién.
—Ni de coña.
Volver a: