PARSIMONIA PARA
LA MALAPRAXIS

Hay un gesto antiguo que no encaja bien en nuestra idea de progreso

Incomoda porque no parece conducir a nada “útil”, porque no acumula, no deja legado visible

Un gesto que, sin embargo, emerge al excavar

En los mismos territorios donde más tarde surgirían la agricultura, las aldeas, las ciudades, la escritura, la propiedad y el poder —en Anatolia, en los valles del Tigris y el Éufrates, en sus contornos fértiles— hubo grupos humanos nómadas, cazadores-recolectores, que hicieron algo inesperado: construyeron

Y después enterraron lo construido

Y, tras enterrarlo, volvieron a empezar

No parece abandono

No parece derrota

No sé que parece: ¿primitivo? ¿animal?

PODRÍA PARECE CIERRE

Como quien sabe que algo ha cumplido su función y ya no necesita permanecer, acaso

Que dejar espacio sea tan importante como ocuparlo

Como quien ha aprendido que la tierra no solo traga: a veces devuelve. Y que cuando no devuelve, conserva de otra manera

Ese gesto —levantar, no sabemos si usar, enterrar— resulta extraño para la mentalidad obsesionada con progresar y/o conservar

Pero tiene una lógica impecable si se mira desde otro lugar: el del ritmo

No el ritmo como metáfora, sino como infraestructura invisible de todo lo vivo


Antes de la agricultura no había excedentes estables. No había garantía. No había acumulación sistemática

Había estaciones. Había desplazamiento. Había incertidumbre

Y, sin embargo, había cooperación, había técnica, había símbolo, había ritual

HABÍA NOSOTROS

Ese nosotros no aparece como consecuencia de la eficiencia

No surge porque alguien decida optimizar

Es condición previa

Sin ese “nosotros”, no hay caza coordinada, no hay cuidado del débil, no hay transmisión de conocimiento, no hay rito, no hay memoria compartida

La eficiencia, cuando aparece...¿es subproducto?

El tiempo, en ese contexto, no se vivía como una flecha que avanza hacia un futuro que hay que conquistar

Se vive como una sucesión de retornos: lo que vuelve, lo que no vuelve, lo que cambia de forma

El final como fase

El cierre no es fracaso; es condición de posibilidad para que algo nuevo tenga espacio


Con la agricultura, algo se desplazó

No de golpe

No como revolución consciente

Más bien lenta y felizmente, sin que nadie lo acabe de notar

Cuando se descubre que la tierra puede producir alimento de manera relativamente predecible, aparece una tentación sutil pero poderosa: detener el ritmo. Fijarlo. Dominarlo. Asegurarlo

Se asienta el cuerpo

Se asienta la casa

Se asienta el cálculo

Y poco a poco, se asienta también el ego

El “yo” empieza a separarse del “nosotros”

El tiempo deja de sentirse circular y empieza a sentirse lineal

El futuro se convierte en promesa

El pasado en legado

El presente en recurso

La finitud deja de ser parte del orden del mundo y empieza a vivirse como amenaza

Y frente a esa amenaza aparece una idea que atraviesa toda la historia humana desde entonces: la salvación

Salvarse del hambre y la escasez

Salvarse del final, del miedo, el olvido...

Salvarse del límite

La salvación es lineal

Promete un después mejor

Promete trascender el ciclo

El sostenimiento, en cambio, es otra cosa

Es cíclico

Es repetitivo

No promete salida, promete continuidad habitable


Cada vez que una sociedad confunde sostenimiento con salvación, aparece la ilusión de la excepción

Esta vez será distinto

Esta civilización durará

Este progreso no colapsará

Esta tecnología nos sacará del ciclo

Pero el ritmo no desaparece porque no se nombre

Solo se acumula

Y cuando se acumula, aparece la fricción


En la economía, en las organizaciones, en las instituciones, en los barrios, en las familias, en las vidas individuales, hay una pérdida constante de energía que no responde a errores morales ni a malas intenciones

Es una pérdida estructural

Una disipación inevitable que surge cuando un sistema vivo se organiza y, sobre todo, cuando intenta hacerlo negando sus límites

DIGAMOS QUE SE LLAMA TASA MALAPRAXIS

Y que no mide corrupción, maldad, culpa o incompetencia

MIDE FRICCIÓN SISTÉMICA

Mide el calor que se pierde cuando un sistema intenta funcionar como si no fuera finito

Mide el desgaste producido por capas innecesarias, por relatos justificativos, por intentos de control total y negación del cierre

No se elimina

No se corrige moralmente

No se resuelve señalando culpables, enemigos, héroes y mártires

SE AMORTIGUA

Y se amortigua de una sola manera: volviendo al ritmo que el sistema puede sostener

Por eso la Malapraxis no es una acusación

Es un diagnóstico


La física, observada sin ansiedad de sentido último, no dice algo muy distinto

Todo lo que vemos dentro del universo nace, se transforma y colapsa. Estrellas. Galaxias. Sistemas...

No sabemos qué ocurre más allá de ciertos límites —el horizonte de sucesos de un agujero negro es el ejemplo más honesto—, pero ese desconocimiento no exige fe ni promesa

Exige aceptación del límite

LO INCOGNOSCIBLE ¿ES RESPUESTA PENDIENTE O FRONTERA?

Aceptarla como frontera reduce más fricción que cien teorías y desencuentros

Porque intentar gestionar el misterio —explicarlo todo, cerrarlo todo, justificarlo todo— consume una cantidad inmensa de energía psíquica y social

AQUÍ, LA PARSIMONIA NO ES RESIGNACIÓN
ES COMPÁS


La física de partículas introduce indeterminación en la base de la realidad. No sentido. No propósito. Indeterminación

¿Y si eso no nos convierte en seres absolutamente libres, pero rompe la fantasía de un determinismo total

Abre un margen

Un espacio de variación dentro de estructuras estables

El libre albedrío, en este marco, no sería la capacidad de escapar del ritmo

Si no la de jugar

Improvisar dentro de un compás que no hemos elegido

Cambiar la forma sin cambiar la ley

Por eso de que las civilizaciones colapsan siempre, pero casi nunca igual

Por eso las decisiones humanas importan sin alterar el patrón global

Importan en el cómo, no en el hecho de que el ciclo exista


En este contexto, ¿la pregunta por Dios se desplaza?

No se niega

No se combate

No se sustituye por ciencia

SE VUELVE OPERATIVAMENTE IRRELEVANTE

No porque pueda o no existir, si no porque no añade capacidad de sostenimiento

No reduce fricción

No amortigua colapso

No regula el ritmo

Aplicar aquí la navaja de Ockham no es irreverencia

Es cuidado: si una hipótesis no mejora la convivencia entre nosotros y con el límite, no es necesaria para vivir dentro de él

El misterio no desaparece

Se queda donde corresponde: en el borde


Y en medio de todo esto, reaparece algo que nunca se fue: lo intuitivo

Antes que el lenguaje, antes que el significado, antes que la teoría, el cuerpo responde al ritmo

La percusión ritual, la música elemental, la cadencia compartida —en África, en un tablao, en una rave, en una ceremonia— no buscan verdad ni trascendencia

Buscan sincronización

El pulso común que reduce el ego, y el gasto

Que el “nosotros” sea menos costoso de sostener que el ensimismamiento

Desde ese ritmo básico hemos construido todo lo demás: música más compleja, símbolos, relatos, instituciones

Con variaciones

Con creatividad

Con libertad

Apoyados en una base común que no necesita explicación

EL RITMO PRECEDE AL SENTIDO
Y A LA EFICIENCIA


Conviene detenerse

Aquí no importa tener razón, demostrar o cerrar el sistema

Lo que importa es cómo hacemos lo que hacemos

Cada gesto puede ser feo o bonito

Y cuando es bonito, amortigua la fricción

Amortigua la Malapraxis y el desgaste inevitable de vivir en un mundo finito

LA BELLEZA NO POR LA ESTÉTICA,
POR LA FUNCIÓN

Como en física, donde la solución más elegante suele ser la más estable y preferida, en los sistemas humanos lo bonito —el cuidado, la atención, la comunidad, la cadencia— funciona como lubricante

Reduce ruido y desgaste

Permite que el sistema no se gripe


Quizá no somos la mejor civilización que ha existido

Quizá no somos la última

Quizá no entendemos ni una fracción del tiempo que nos precede o nos seguirá

Pero hubo humanos, antes que nosotros, que supieron cerrar

Que supieron enterrar

Que supieron dejar espacio

NO ENTERRABAN POR OLVIDO
ENTERRABAN PARA QUE EL CICLO PUDIERA CONTINUAR SIN EL PESO DE LO MUERTO

Parsimonia para la Malapraxis no es negocio, programa ni salvación

Es una práctica de sostenimiento y comunión

Es recordar que cuando negamos el ritmo, aparece la fricción

Que si negamos la finitud, aparece el desamparo que precede al colapso

En el pulso compartido la fricción no desaparece, se vuelve más habitable

No parece haber excepción

salvación o progreso infinito

Y en todo caso no es lineal

HAY RITMO
HAY LÍMITE

Y, entre ambos, la posibilidad —siempre frágil— de convivir con cuidado. Con parsimonia
ante los mitos e inercias que seaparan.


Volver a: