LAS PARROQUIAS CLANDESTINAS

Prólogo—

Una parroquia clandestina no es un bar
Ni un templo
Ni un sitio concreto
Es un tipo de encuentro
donde los desconocidos se reconocen sin presentarse

Con roles intercambiables:

— El agitador
mueve el aire
hace la pregunta que abre el portal
destila ruido sin imponerse

— El que late
escucha, asiente, mide, afina
guarda la memoria emocional del lugar

— El párroco, tabernero, árbitro, sereno…
sabe dónde colocarte, cuándo callar, cuándo seguir…
custodio del ritmo humano

Una parroquia clandestina puede ocurrir
en un banco de la calle,
en farmacia,
portal,
terraza,
o en una taberna de esas que no cambia de nombre

…aunque cambie el negocio

Son células pequeñas de contrapoder suave
dónde dos de tres ya pueden bastar

Son lugares donde un barrio se acuerda de sí mismo
y donde la vida se ordena sin pedir permiso

Ahora sí:
Sitúate en una

Una parroquia clandestina

Entramos mi madre y yo
directos al fondo de la barra,
pero el tabernero —párroco de este pulso clandestino—
nos mira, nos mide y decide:

—Ahí no. Mejor en la mesa

Obedecemos
No manda el cliente: manda el sitio

—Ayer conocí tu barrio— le saludo

Él responde, ágil:
—¿Tomando algo? En el gallego sería

—Joder, sí…
Y añado:
—Pero antes estuvimos en la plaza…
la encontré...

Asiente despacio:
—Está muy desangelada

En la barra, boina y patillas escucha
No entra
No interrumpe
Pero late
Asiente con la comisura de la boca,
como quien reconoce la conversación antes de que fluya

De pronto se levanta, con esa cadencia
Sale a fumar
Le sigo

Fuera, sin presentarse, suelta:
—Tenías que haber visto este barrio en los 70

Y se abre el portal:
Destila…
Gente que se reconocía por la voz, por los gestos, por el humor
No había sereno porque no hacía falta:
el barrio entero se cuidaba a sí mismo

—Me fui porque desde finales de los 80, principios de los 90…
la gente empezó a meterse para adentro

Esa frase cae como plomo, suave
Lo explica todo sin dramatizar

Yo saco la Malasaña de los 90:
música, bares pequeños, noche larga,
cientos de opciones, calle incluida

Otra libertad

Él sonríe con la misericordia del veterano:
—Eso ya era el resopón
La pitanza fue en los 80

Menciono el Alí Fanfarrón

De inmediato:
—Eso estaba al lado del Malandro

Y yo:
—Al Malandro iba porque ponían a Los Enemigos sin pedirlo

Y ocurre
La mirada exacta
El reconocimiento musical

—Yo trabajé en el Malandro. Y en el Ágapo, con Josele. Lo llevaba su novia de entonces

Y algo se coloca

Porque mi portal hacia ese mundo no fue Madrid
Fue Almería
Fue mi hermana
Fue aquel novio suyo —que se fue pronto—
en aquel chiringuito suyo, que por la noche era templo

Me dejaba poner música,
me invitaba y consentía

Una noche apareció Fino, invitado por alguien
Lo miré y no se si me miró
No hablamos
Pero desde entonces, cuando nos cruzamos,
juraría que intenta ubicarme

Se está acabando el pitillo,
recuerdo el Freeway

Brillito en su cara:
—El bar de Miguel. Mi amigo

Decimos “Sex Museum” casi a la vez
Risilla

—Trabajaba mi hermana,
Miguel me consintió también algunas cosas…

Reímos,
de puro mapa compartido

—¿Cómo te llamas?
—Fernando
—Yo también

Dos Fernandos
Los Enemigos
Almería
Malasaña
En Nueva España, la de Madrid
En una parroquia clandestina

Por pura gravedad

Volvemos dentro
El tabernero limpia la barra como quien mueve un altar
Y al cerrar la puerta siento que hay lugares que no se visitan:
se heredan


Una semana después

Volví con mi mujer y mi cuñada
Él —boina y patillas— me ve en su sitio

Castizo, leve
se toca la boina con dos dedos, sonrisa aún más leve
—Buenas, tocayo

Como si la conversación siguiera por debajo del suelo

A veces un país nuevo empieza así:
con boina, patillas,
una cadencia que invita,
y un «buenas, tocayo» que daría la vuelta a un país entero


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